martes, 24 de diciembre de 2013

Viva la navidad

Todos los años se queja el purista navideño sobre el declive consumista en el que ha derribado la fiesta. Parece ser que todavía no ha entendido muy bien el mensaje. Es verdad que a uno se le retuercen las tripas si piensa que la navidad, hace no mucho, era algo así como esto: una fiesta del amor y de la caridad, un motivo para encontrar la paz interior rodeado de los tuyos mientras que celebras el nacimiento del niño Jesús. 
Hoy la navidad no es más que el acto de consumismo más brutal y severo que existe sobre la tierra.
En Estados Unidos se da el pistoletazo con el llamado 'Black Friday', a finales de noviembre. Hecho que este año también se ha intentado exportar a España. Bien sea por ese sentimiento de inferioridad continuo que tenemos en Europa con todo lo que rodea a la potencia mundial número uno, o simplemente porque vivimos en un mundo globalizado y aquí de lo que se trata es de vender a toda costa. El último fin de semana de noviembre, los consumidores, como si de repente les hubiera entrada la rabia, invaden los centros comerciales en busca de las ofertas más exclusivas y rompedoras.
Hay muchos competidores y la lista de excesos es larga: en California fueron aplastadas nueve personas en una estampida, cuando empezaron a llover vales de descuento desde el techo; en un Wal Mart, la masa que se encontraba esperando, rompió las puertas que daban acceso al centro comercial, y se cargaron de paso a un vigilante de seguridad de 34 años que estaba custodiando la puerta. En Seattle, una mujer mayor utilizó spray pimienta para hacer retroceder a los demás clientes en busca del chollo del año. Por no hablar de las disputas que se saldaron a balazo limpio. Estamos hablando del país en el que llevar una 'pipa' es algo así como tener un paquete de chicles en el bolsillo.
Pero también en la España de la crisis y las vacas flacas, el comercio navideño sigue suponiendo el 50% aproximadamente de todo el volumen de negocio anual. El día que se puso a la venta la Playstation 4, vivimos escenas muy parecidas a las descritas anteriormente. Cristales rotos, masas enfurecidas y más de un dependiente de los de "yo no soy tonto" absolutamente desbordado. Sin la navidad, el sistema capitalista tan aclamado y tan necesario para nuestra supervivencia se derrumbaría por completo. La navidad es su hija perfecta. Si no fuera por ella, a lo mejor no habría dinero para el rescate de Grecia. 
Así que volviendo al purista navideño, está claro, que todavía no ha entendido el verdadero mensaje de la navidad. No se trata del nacimiento de Jesús, ésto va del hecho de regalar.
Regalar algo no entiende de religiones. ¿Quién se puede resistir a la cara de ilusión que pone la persona a la que quieres cuando ella/él se te lanzan para darte un abrazo por la emoción que le ha invadido ante el regalo perfecto?
El hecho de regalar se ha convertido en algo esencial para nuestra sociedad. Nos cohesiona y nos recuerda que hay personas, que al menos una vez al año, piensan en nosotros. Aunque para ello, a veces, haya que hacer uso de sprays de pimienta o armas de fuego. 
El purista navideño se queja del despilfarro, a pesar de que la cosa no está muy boyante ahora mismo. Pero es que la mayoría del dinero no nos lo gastamos en nosotros mismos, sino en un acto de buena fe y altruismo con nuestro prójimo. 
Así que no hay que tener cargo de conciencia si llegas a casa cargado de bolsas y realizas las muchas veces que has pasado la tarjeta por caja. Piensa que estás haciendo algo por el bien común y alégrate de que tu querido/a no te haya comprado unos simples calzoncillos o un penoso desodorante. 
Sólo recordar, que hoy, 24 de diciembre, permanecen abiertas las grandes superficies por si piensas a estas alturas que tu regalo de Papa Noel/ Reyes Magos se te ha quedado corto.

viernes, 6 de diciembre de 2013

Las enseñanzas de un ídolo


Visto desde el prisma y los tiempos que corren hoy día, seguramente es difícil de entender la importancia que tuvo Nelson Mandela para una generación entera. Pero todos los que pudieron disfrutar de él en plena lucidez coinciden en una cosa: era el ídolo político absoluto. Para la actual generación se antoja complicado, por no decir imposible, juntar las palabras 'ídolo' y 'político' en una misma frase. El tiempo también involuciona.

Vivimos en un mundo que deja bastante que desear en muchos aspectos. Cuando se trata de dar soluciones a problemas globales, más allá del teatro político necesario, lo que queda es la sensación de que no se puede hacer nada "porque las cosas son así". Pobreza extrema en África, cambio climático, dictaduras que oprimen a sus ciudadanos. Es el destino caprichoso. O por lo menos así lo venden los defensores del 'realismo político'. Una especie de pragmatismo que mira de reojo a las injusticias, pero se da la vuelta con los hombros encogidos. "Las cosas son así". Aquí no se actúa hasta que no se vean peligrar los propios intereses de cada uno.  Pero el 'realismo' y su hermano el 'pragmatismo' forman una pareja peligrosa. Hacen del mundo un sitio frio y aniquila la solidaridad entre las personas, esa solidaridad tan necesaria para el desarrollo justo de las sociedades. 

En los años 80 el sistema de segregación racial instaurado en Sudáfrica, más conocido como 'apartheid', parecía infranqueable. Era la realidad política de ese país. Nelson Mandela ya llevaba años encerrado en la cárcel por oponerse a un sistema que diferenciaba entre ciudadanos de primera y el resto. El resto lo era, simplemente, por el color de su piel. Su liberación parecía una utopía.

Aún así, se juntaron 72.000 para abarrotar Wembley en un concierto por el cumpleaños de Mandela y gritar al unísono: "Set him free" (http://www.youtube.com/watch?v=A3MvArJ_Eg4). Millones de personas siguieron el concierto por radio y televisión. Fue un mensaje de solidaridad impactante de los ciudadanos a sus líderes: "No toleramos lo que está pasando en ese país, no toleramos vuestro realismo político". Muchos países occidentales, a raíz de ello, empezaron a aislar económicamente al régimen de Pretoria. La presión política surtió efecto. El hombre que entró en la cárcel en 1962 fue liberado el 11 de febrero de 1990. Pasó 27 años encerrado. 

Mandela enseño dos cosas: la primera, que merece la pena luchar. No quedarse callado. Cada persona, desde el salón de su casa puede hacer algo. Luchar por mejorar el mundo no es igual a ser ingenuo. La segunda, que también el odio, por muy arraigado que esté, se puede vencer. En vez de perseguir a sus opositores, la minoría blanca, se sentó con ellos en una mesa y se puso en pie por una reconciliación. Sin violencia. Evitó un baño de sangre en Sudáfrica. 

¿Qué pasa con el conflicto vasco? ¿Cuándo vamos a tomar ejemplo? Quien dice conflicto vasco dice Israel y Palestina. Ejemplos hay para llenar un periódico. El odio ciego, fomentado muchas veces por puro interés político, es el veneno de la confianza y la razón. El odio frena el desarrollo y el progreso. Asistiremos estos días, ya lo estamos haciendo, al bochornoso espectáculo de la hipocresía. Nuestros políticos españoles inundan las redes sociales con citaciones de Nelson Mandela. Como si alguna vez hubiera sido un referente para ellos. La auto-conciliación para luego hacer todo lo contrario.

Este hombre viejo, con imagen de abuelo entrañable y camisas de color, recordaba en cada una de sus intervenciones que los problemas se pueden solucionar con el uso de la razón y la empatía. Su muerte deja huérfana de ídolos a una generación entera. A la que lo vivió en sus carnes, y a la que lo añoramos ante la falta de los mismos. Se le echará de menos.