Visto desde el prisma y los tiempos que corren hoy día, seguramente es difícil de entender la importancia que tuvo Nelson Mandela para una generación entera. Pero todos los que pudieron disfrutar de él en plena lucidez coinciden en una cosa: era el ídolo político absoluto. Para la actual generación se antoja complicado, por no decir imposible, juntar las palabras 'ídolo' y 'político' en una misma frase. El tiempo también involuciona.
Vivimos en un mundo que deja bastante que desear en muchos aspectos. Cuando se trata de dar soluciones a problemas globales, más allá del teatro político necesario, lo que queda es la sensación de que no se puede hacer nada "porque las cosas son así". Pobreza extrema en África, cambio climático, dictaduras que oprimen a sus ciudadanos. Es el destino caprichoso. O por lo menos así lo venden los defensores del 'realismo político'. Una especie de pragmatismo que mira de reojo a las injusticias, pero se da la vuelta con los hombros encogidos. "Las cosas son así". Aquí no se actúa hasta que no se vean peligrar los propios intereses de cada uno. Pero el 'realismo' y su hermano el 'pragmatismo' forman una pareja peligrosa. Hacen del mundo un sitio frio y aniquila la solidaridad entre las personas, esa solidaridad tan necesaria para el desarrollo justo de las sociedades.
En los años 80 el sistema de segregación racial instaurado en Sudáfrica, más conocido como 'apartheid', parecía infranqueable. Era la realidad política de ese país. Nelson Mandela ya llevaba años encerrado en la cárcel por oponerse a un sistema que diferenciaba entre ciudadanos de primera y el resto. El resto lo era, simplemente, por el color de su piel. Su liberación parecía una utopía.
Aún así, se juntaron 72.000 para abarrotar Wembley en un concierto por el cumpleaños de Mandela y gritar al unísono: "Set him free" (http://www.youtube.com/watch?v=A3MvArJ_Eg4). Millones de personas siguieron el concierto por radio y televisión. Fue un mensaje de solidaridad impactante de los ciudadanos a sus líderes: "No toleramos lo que está pasando en ese país, no toleramos vuestro realismo político". Muchos países occidentales, a raíz de ello, empezaron a aislar económicamente al régimen de Pretoria. La presión política surtió efecto. El hombre que entró en la cárcel en 1962 fue liberado el 11 de febrero de 1990. Pasó 27 años encerrado.
Mandela enseño dos cosas: la primera, que merece la pena luchar. No quedarse callado. Cada persona, desde el salón de su casa puede hacer algo. Luchar por mejorar el mundo no es igual a ser ingenuo. La segunda, que también el odio, por muy arraigado que esté, se puede vencer. En vez de perseguir a sus opositores, la minoría blanca, se sentó con ellos en una mesa y se puso en pie por una reconciliación. Sin violencia. Evitó un baño de sangre en Sudáfrica.
¿Qué pasa con el conflicto vasco? ¿Cuándo vamos a tomar ejemplo? Quien dice conflicto vasco dice Israel y Palestina. Ejemplos hay para llenar un periódico. El odio ciego, fomentado muchas veces por puro interés político, es el veneno de la confianza y la razón. El odio frena el desarrollo y el progreso. Asistiremos estos días, ya lo estamos haciendo, al bochornoso espectáculo de la hipocresía. Nuestros políticos españoles inundan las redes sociales con citaciones de Nelson Mandela. Como si alguna vez hubiera sido un referente para ellos. La auto-conciliación para luego hacer todo lo contrario.
Este hombre viejo, con imagen de abuelo entrañable y camisas de color, recordaba en cada una de sus intervenciones que los problemas se pueden solucionar con el uso de la razón y la empatía. Su muerte deja huérfana de ídolos a una generación entera. A la que lo vivió en sus carnes, y a la que lo añoramos ante la falta de los mismos. Se le echará de menos.

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