Me considero lector habitual de prensa escrita. Por desgracia es algo cada vez menos frecuente en España. Es lo que tiene haber producido a lo largo de muchos años una sociedad que cree tener unas necesidades que difícilmente se pueden satisfacer con el hábito de la lectura. Pero entrar en eso desviaría demasiado el asunto. El tiempo hará que esa cosecha mal sembrada se nos estalle a todos en la cara.
Como he dicho anteriormente, soy lector habitual de prensa. Pago gustosamente por tener en mis manos un periódico que me ofrece información y me permite seguir la actualidad que me rodea. Es más, lo considero una obligación en estos tiempos de crisis económica y pérdida de valores democráticos de la que todos estamos siendo testigos. He escuchado varias veces que "el horno no está para bollos" como excusa para justificar el hecho de no comprar un periódico. No me vale. Una caña en un bar sigue siendo más cara que cualquier diario.
Pero también yo leo menos de lo que debería. Más aún teniendo en cuenta mi condición de estudiante de tercero de periodismo en Málaga. Si mezclas la pereza de no salir de tu casa con la estupidez de volcar un contenido idéntico en la red de forma gratuita, a veces el resultado es que yo tampoco compro el periódico. Pero hay algo que se echa en falta. No se lleva debajo del brazo el portátil con el mismo orgullo que se hace portando tu cabecera favorita. En mi caso personal, ese orgullo se resumía en seis letras mayúsculas: 'EL PAÍS'. Desde que tengo uso de razón, no falta los domingos. Es lo primero que hace mi padre cuando se levanta. Baja al quiosco donde le tienen reservado su ejemplar y lo suelta en la mesa del salón. A veces soy el primero en leerlo, otras me calma las resacas a altas horas de la tarde. Me fascinaba ser fiel lector del periódico número uno de España. Del mismo que contribuyó como ningún otro a sacar una nación entera de las oscuras manos de la propaganda y manipulación franquista y guiarla hacía un camino de libertad. Ese orgullo es en gran medida el culpable de que hoy esté estudiando periodismo. A pesar de todas las reticencias de mis padres.
Pues bien, ese mismo periódico despidió ayer a 129 periodistas a través de un correo electrónico. Entre ellos hay profesionales que llevan más de media vida trabajando a diario para que 'El País' sea uno de los diez periódicos de referencia mundialmente reconocidos. Un click y a la borda con todo. Y se despiden con la excusa de que los costes estructurales del periódico no se pueden mantener en estos tiempos de crisis. Falacia mil veces repetida por su cabezilla. Pero sí se puede mantener que él se embolse la friolera cantidad de 13 millones de euros al año. Siento rabia y tristeza por la gente que decide liquidar de golpe y porrazo a una cuarta parte de un periódico tan importante para la sociedad española como lo ha sido 'El Pais'. Pueden estar de enhorabuena los políticos mequetrefes, pues habrá menos posibilidades de que alguien descubra y denuncie sus fechorías. Que lo festejen con un banquete invitando a todos sus amigotes que ocupan los puestos directivos de Prisa. Y que no se olviden de ese director que se llena la boca de decir que sólo se debe a ellos, pero luego tiene a toda su redacción en contra sin importarle lo más mínimo.
Como estudiante de periodismo el panorama es desolador. Estar encapsulado en la burbuja de la universidad te aísla de la cruda realidad que hay ahí fuera. Sigo motivado y todavía me sigue pareciendo ésta, la profesión más bonita del mundo. Recuerdo que un profesor algún día nos dijo: "Si buscáis haceros ricos con esto del periodismo estáis muy equivocados". Yo, desde luego no lo pretendo. Ni pienso que lo pretendieran los fundadores de 'El País' en su día. La riqueza que genera un periódico no se puede medir en euros ni en paquetes accionariales. Es infinitamente superior, aunque tu casa o el coche que lleves no lo reflejen así. Qué pena que esto haya caído en manos de gente que piensa lo radicalmente opuesto.
Quizás el no haber pisado todavía una redacción de un periódico, -a este paso dudo que lo haga jamás-, me siga manteniendo con la esperanza de que depende de mi esfuerzo que algún día pueda vivir dignamente de ésto. Aunque ya lo dijo un famoso filósofo alemán: "La esperanza es el peor de los males, pues sólo sirve para prolongar nuestro tormento".
Uno sabe como suelen acabar el 99% de todos los expedientes de regulación de empleo. El golpe final llega cuando todo se confirma. Para los periodistas de 'El País' llegó ayer. Quiero expresar mi más rotunda solidaridad con cada uno de los 129 periodistas despedidos y con todos los que se quedan. Sé que harán lo que esté en sus manos para seguir manteniendo al periódico en lo más alto posible. No por una cuenta de resultados, sino por la dignidad profesional que poseen. Para los culpables de esta situación no me queda otra que el desprecio más absoluto que pueda sentir una persona.
Hoy es domingo, 11 de noviembre de 2012. Esta mañana le he pedido a mi padre que no compre 'El País'. El orgullo se ha esfumado.
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